Hoy, hace sesenta años ya— aproximadamente a estas mismas horas—fallecía el presidente J.F. Kennedy en las calles de Dallas (TX). Una parte de la historia de este país y del mundo entero cambió en aquel momento. Así lo recuerdo, el hoy infausto 22 de noviembre de 1963. Todos los recuerdos de entonces, y aun de ahora sobre ello, son de frialdad de cuerpo y alma.
Era en España, la ciudad: Salamanca. Aquel día, como tantos otros, iba caminando desde el negocio de mi padre, en la calle José Antonio Primo de Ribera (ahora: Azafranal) y cruzando la Generalísimo Franco (ahora: Toro) para entrar en la Cafetería Castilla, sempiterno bar de aperitivos al mediodía, haciendo triangulo con el arco de entrada a la Plaza Mayor, mentidero de la villa. Ya había notado los “corros”, aquellos grupos de gente arremolinada a las puertas de algunas tiendas, vestigios del pasado radiofónico, con el “transistor” sonando en todas partes… Algo ha pasado… y parece importante! Al entrar en la cafetería, toda la gente apiñada bajo el aparato de TV—todavía en blanco y negro—colgado del techo… caras con la mueca de la incomprensión y en los ojos la mirada del ¿Porqué…? En la pantalla, una imagen fija, sin transfondo, fría y brillante. Algo así como una daga clavada en cada espectador de una tragedia…<< El presidente Kennedy asesinado en Dallas >>
Es una mañana fría y desangelada, es diciembre de 1989 y uno va andando por las calles del centro de Dallas, en Texas, y al pronto las imágenes empiezan a darte la sensación, bien conocida, del “deja vu”, del—yo he estado aquí antes—lo cual es imposible porque es la primera vez que uno está en dicha ciudad. Este edificio, a mi derecha, me es vagamente familiar y por alguna razón, que se me escapa, mis ojos se van a una ventana del sexto piso, abierta… Debajo, en el segundo piso y casi tapada por la fronda de los arboles, una marquesina simple y comercial, reza escuetamente: “Museo del sexto piso en la plaza Dealey”. Sin más florituras. Vuelvo la cabeza y la mirada se me pierde por la calle— dibujando una trayectoria— en suave cuesta abajo, rodeada de jardines verdes solamente, sin flores, sin plantas singulares, solo hierba… en dirección a un puente bajo la autopista, la que me lleva a Houston. Los coches van despacio hacia la curva del puente, dos limusinas descapotables, impoluta tapicería… Cierro los ojos y otra vez me vuelve la sensación de haber estado aquí, antes.
Me quedo ensimismado un momento y al fin toda la imagen se aclara—en ese instante, la fotografía deja de ser absurda—en mi cabeza, las piezas se recomponen y me doy cuenta sorprendido y alucinado. Me vuelvo a la persona que me acompaña y ella asiente con la cabeza: << Sí, aquí es donde mataron a Kennedy >>. Después de unos instantes de un silencio agrio— rememorando el magnicidio—surge a mi espalda un chillido atronador; dos mil malditos pájaros negros levantan el vuelo, todos al mismo tiempo—lo podría jurar— dan una rápida vuelta a la “manzana” y se posan con seguridad y exactitud e n cada rama; como si tuvieran espacios asignados, como en un estacionamiento…creo que todavía no saben que van a estar allí, toda la vida y toda la eternidad. Un silencio ominoso vuelve a la plaza y sentado en la hierba de la isleta central, cierro los ojos…”Los coches descapotables interminablemente lentos, las imágenes de este lugar repetidas una y otra vez, machaconamente, en televisión, en películas, en sueños. El “flashback” es auténtico y hasta doloroso…” En los árboles, tres o cuatro solo, pero grandes y copudos, frente a la fachada del Texas School Book Depository, el edificio desde el que Oswald disparó su rifle. Escondido, agazapado entre dos cajas de textos escolares… nadie ha movido nada. No sería un tiro difícil. Afuera, entre ramas, hojas y sombras hay “instalados” unas miriadas de ruidosos pájaros negros, cuyo aparente y único propósito es ensuciar el suelo, o las cabezas de los curiosos que miran el edificio, con miles de excrementos.
Parece como si estos pájaros tuvieran la conciencia de que este lugar debe mantenerse sucio en recuerdo de una de las peores manchas de la historia americana. A los “dalasitas” tampoco les hace ninguna gracia que el lugar sea visitado continuamente y esté en las rutas turísticas. Siempre he creído que lo que aquí ocurrió es motivo de vergüenza ciudadana para estos tejanos. Y el tiempo nunca ha borrado este estigma.
El tiempo tampoco ha eliminado ese olor perdurable a magnicidio que sentí en aquella mi primera visita a Dallas y, desgraciadamente, anticipado, vuelvo a sentir ahora en la pituitaria de mi imaginación. Un nuevo “Kennedy”, esta vez de piel negra, cuarenta y cinco años más tarde, se pasea por las rutas electorales en camino a una posible presidencia. Llegará a la Casa Blanca? Le dejaran ser presidente?
Me gustaría mucho equivocarme, pero esta noche me huele tremendamente a futuro magnicidio. Los americanos, mientras no me demuestren lo contrario— para estas cosas son como niños—no tienen remedio.
Luisma, Maypearl (TX) 22 de Noviembre del 2023
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