El cachondeo, o “Instinto” de David Beckham

“Union Becks.” Dibujo a Pluma. Tintas de Color. luisjimenezridruejo.com 2026

Aprovechando que “el Pisuerga pasa por Valladolid” y que estamos en pleno “Mundial” de Fútbol 2026, centralizado aquí, en Norteamérica; estoy reeditando este post que además de ser una magnifica pieza escrita por S. (léase: Ese Punto) ha sido y es una más de sus múltiples y continuas aportaciones y colaboraciones a este sitio Web, incluyendo diseño y mantenimiento. Gracias Mil. Véase el original, en inglés, al final de esta traducción. luisjimenezridruejo.com.

Se dice que en España, hace dos mil años, un mono podía saltar de Gibraltar a los Pirineos sin tocar el suelo. Siete siglos de guerras con los conquistadores árabes asolaron la península, talaron bosques y dejaron los castillos de Castilla como solitarios guardianes de la meseta. En espíritu de venganza, sin embargo, los españoles continúan batallando arriba y abajo, en campo abierto. Fútbol es, ahora, su juego de la guerra.

En una noche de mayo en Madrid, un turista podría andar sobre las cabezas de aficionados al fútbol hasta el Estadio Bernabéu sin tocar el suelo. Los partidos de los sábados empiezan a las diez de la noche, de manera que son un popular ritual para antes de la cena. Cada partido es un lleno. No hay mucho aparcamiento en Madrid así que cuando los sitios en las calles se llenan, la gente aparca en las aceras y los policías sufren ceguera temporal. La muchedumbre se engolfa en la vorágine del Bernabéu. Esta noche es lucha de clases, el partido es un derby entre el equipo más rico del mundo, el Real Madrid, y los héroes de la clase trabajadora, el Atlético de Madrid.

“Stadium.” Acrílico sobre lienzo. luisjimenezridruejo.com 2026

Hombres, mujeres, niños, estudiantes americanos y hasta superfans asiáticos llenan los cinco pisos del Bernabéu con aullidos, bocinas y humo de cigarros. Al nivel del césped, detrás de la portería Sur, los Ultras, se amontonan los súper-hinchas del Real Madrid. Antes del partido, largas sábanas de telas blancas pintadas con el El Cid y sus guerreros, altos como casas, cuelgan de la tribuna de arriba, tapando a los hinchas la vista del campo y de la gente. Lo que brilla son las luces a través de la armadura dorada y verde del Cid, las hachas de sus hombres, los caballos musculosos. Sus armaduras llevan el escudo del Real Madrid.

El Cid es el gran héroe guerrero del medioevo español, un jefe mercenario que se convirtió en una leyenda tal que cuando su cadáver, puesto a caballo, entró en batalla sus enemigos huyeron despavoridos. Estas pinturas de honor en los telones de los Ultras eran de Darth Vader y sus Guerreros de las Tormentas en el partido anterior.

El Cid pintado cae y desaparece, revelando un circulo de gentío tan alto que casi llega al cielo. Directamente detrás de la portería, el líder de los Ultras levanta sus brazos como un director de orquesta sinfónica. Aporrean los tambores. Ondean banderas, algunas de la confederación americana. Parte de la gente lleva una pancarta de cincuenta pies de largo criticando el número, en aumento, de jugadores extranjeros en el Real Madrid como “un mar de experimentos”. Las banderas confederadas son símbolos adoptados de la rebelión de los Ultras contra lo que sea. El Cid y Darth Vader son sus generales.

Ochenta mil personas, extraños entre sí, se vuelven una contradicción ululante.

Toda la percusión y los cánticos están al servicio del “cachondeo”, cachondeo significa burla en ambos sentidos, humorístico y sexual. El punto es excitar la sangre de la gente. Los hombres están aquí por Raúl, el capitán del Real Madrid, que besa su anillo de boda siempre que mete gol; el trabajador viene para ver a Raúl vencido por el proletario equipo del Atlético. Mujeres de todas las culturas y clases vienen por el héroe mercenario del Real Madrid, la estrella inglesa David Beckham.

“Bicycle kick.” Photography: luisjimenezridruejo.com 2026

Mientras los jugadores calientan para la batalla, las mujeres discuten los evidentemente físicos y extrapolados atributos sexuales de “Becks”. Este es el hombre del que los japoneses han hecho dos estatuas de quince pies de alto, una de bronce y otra de chocolate. De quien han puesto estatuillas de oro al lado de Buda en los templos. El hombre por quien el Real Madrid pagó cuarenta millones de dólares y los recuperó en una semana vendiendo camisetas con el numero 23 de Beckham. Ha construido su mito y es ya una leyenda. Becks, incluso, no es realmente tan guapo como se revela cuando lo escrutas ávidamente con un zoom de 300 a lo largo de noventa minutos. Además, es un icono homosexual, con un muñeco de colección en desarrollo, de 12 pulgadas y a escala 1/6. Está casado con Posh Spice, también compañera como icono homosexual. Cambia su pelo rubio oxigenado más a menudo que una estrella del rock, dice vestir las bragas de su esposa y tiene su propia colonia “Instinto” de David Beckham, con toques de naranja y pachuli.

El cuerpo de Beckham esta tatuado casi todo de símbolos culturales trasplantados. Sus brazos llevan el nombre de su mujer incorrectamente escrito en hindú, frases en latín y los nombres de sus hijos en letras góticas. Un Miguel Ángel en su bíceps y un icono religioso en la espalda: una figura vestida solo en tela de lino, con la cabeza colgando boca abajo y los brazos estirados en actitud de crucifixión. Lo llama el ángel guardián. Saco los nombres de sus hijos de otras culturas: Brooklyn, Romeo y Cruz (en español). Tomó el número 23 de Michael Jordan. Los Beckham hasta viven en una parodia, una cachondada monárquica llamada “Beckingham Palace”. La autotransformacion de Beckham en la marca registrada Beckham ha hecho de él, el jugador de futbol más rico del mundo, pero todo tiene un doble filo. Cuando Becks juega bien la gente canta: Gua-po! Gua-po! Cuando falla una jugada, les cambia la cara y gritan: Gua-po! Gua-po!

El legendario futbolista y playboy George Best dijo de Becks que: “no puede darle con la izquierda, no la toca de cabeza, no sabe marcar, y no mete muchos goles, fuera de eso el tipo está bien”. Beckham puede ser limitado, pero sabe su trabajo y lo hace bien. Becks camina como un juguete de cuerda, corriendo con los brazos en volanderas. Beckham no es agraciado hasta que chuta, en ese momento parece que hace una reverencia. Sus tobillos se cruzan, sus brazos se extienden como un bailarín, con una torsión de las muñecas y un movimiento de cabeza. La pierna izquierda de Becks puede ser inútil pero su derecha es prensil. Los hinchas españoles llaman a esa pierna derecha “el guante” porque es como que coje la pelota y la coloca donde quiere.

El instinto de David Beckham es más político que pachuli. La envidia es el deporte nacional español, pero los demás jugadores del Real Madrid no están celosos de Becks, hasta le besan después de un gol. Habla español con sus compañeros durante el juego: “vamos, vamos”. Es un pasador consistente y deja la gloria del gol a los otros. El natural liderazgo de Becks le hizo capitán de la selección nacional inglesa. Su representación de un tontito afeminado rubio le permite machacar a sus antagonistas, una y otra vez los contrarios desestiman su tenacidad y precisión.

Todos estos símbolos fuera de raíz y estereotipos cultivados están brillantemente controlados. La marca Beckham los ha transformado y a él en algo nuevo, un símbolo de globalización en sí mismo. Su Estadio Bernabéu—este mar de experimentos—es un caldero donde se cuecen batallas culturales. La globalización y sus vengativos espectadores aumentan y chocan inexorablemente. Aquí, el mayor juego, no es en el campo.

“Como no te voy a querer…” Photography: luisjimenezridruejo.com

English

The Tease

Or, David Beckham’s Instinct

They say that in Spain two thousand years ago, a monkey could swing from Gibraltar to the Pyrenees without touching the ground. Then seven centuries of war with medieval Muslim conquerors scoured the peninsula, razing forests and leaving Castille’s castles to guard a barren meseta. In the spirit of vengeance, however, the Spanish continue to battle back and forth across open fields. Football is their war-game now.

On a May night in Madrid, a tourist could walk on the heads of football fans to the Bernabeu stadium downtown without touching the ground. Saturday games start at 10PM, so they’re a popular pre-dinner ritual. Every game is sold out. Parking lots are scarce in Madrid; when the spaces along the streets fill up on game night, people just just park on the sidewalk.The crowd swirls inevitably into the vortex of the Bernabeu. On this night, it’s class warfare: a derby game between the world’s richest football club, the Real Madrid and the working-class heroes Atletico de Madrid.

Men, women, babies, American students, and Asian ultra-fans fill the Bernabeu’s five tiers with howls, horns, and cigar smoke. On the ground level behind the goal net crowd the Ultras, the Real Madrid’s super-fans. Before the game, swaths of white fabric painted with historical hero El Cid and his warriors as high as ten men hang from the tier above, obscuring fans’ view of the field and the crowd. The brilliant arc lights shine through El Cid’s gold and green armor, his men’s hatchets, their muscled horses. Their armor bears the crest of the Real Madrid.

El Cid is the ultimate medieval Spanish war hero, a mercenary warlord who made such a legend of himself that when his corpse rode dead into battle his enemies fled. This painted place of honor on the Ultras’ swaths belonged to Darth Vader and his Storm Troopers the previous week.

The painted Cid falls away, revealing a tubular crowd so high it closes the sky. Directly behind the goal, the Ultras’ leader raises his arms like a symphony conductor. They strike the snares. Flags wave: United States confederate flags. Part of the crowd holds a 50-foot banner criticizing the growing number of foreign players for the Real Madrid as “un mar de experimentos”, a sea of experiments. The confederate flags are adopted symbols of the Ultras’ rebellion against whatever; El Cid and Darth Vader alike are their generals.

80,000 people, strangers to each other, become one screaming contradiction.

All the drumming and singing is in the service of the cachondeo, best translated as “tease”. Cachondeo means teasing both in the humorous and sexual sense. The point is to get the crowd’s blood up. The men are here for Raul, the Real Madrid captain who kisses his wedding ring whenever he scores; the workingman is here to see Raul beaten by the working-class team Atletico. Women of every culture and class come for the Real Madrid’s own mercenary hero, English star David Beckham.

As the players warm up for battle, women argue the evident physical and extrapolated sexual attributes of “Becks”. This is the man of whom the Japanese made two 15-foot statues—one of bronze, one of chocolate. Of whom they place gold statuettes next to the Buddha at temples. The man for whom the Real Madrid paid $40 million and earned it back in a week of selling Beckham’s number 23 jerseys. He’s built his myth into a legend. Becks isn’t even that handsome really, as gazing avidly at him through a 300X zoom lens for 90 minutes reveals. Yet he’s a gay icon too, with a 12-inch, 1/6th scale collectible doll in development. He is married to fellow gay icon Posh Spice. He changes his peroxide-blonde hair more often than a rock star, claims to wear his wife’s panties, and has his own cologne—“David Beckham’s Instinct”– with “notes of orange and patchouli”.

Beckham’s body is a tattooed sideshow of transplanted cultural symbols. His arms carry his wife’s name misspelled in Hindi script, Latin mottoes, and his sons’ names in gothic letters. There’s a Michelangelo on his bicep and a religious icon on his back: a figure dressed only in a loincloth, head hung down, arms outstretched in an attitude of crucifixion. He calls it a “guardian angel”. He borrowed his sons’ names from other cultures: Brooklyn, Romeo, and Cruz (“cross” in Spanish). He took his number 23 from Michael Jordan. The Beckhams even live in a parody—a rolling mockery of monarchy called Beckingham Palace.

Beckham’s self-transformation into Brand Beckham has made him the wealthiest footballer in the world, but it cuts both ways. When Becks plays well, the crowd chants “Gua-po! Gua-po!”: Handsome! When he misses a play, their faces contort and they shout, Gua-po! Gua-po!

Legendary footballer and playboy George Best said of Becks that “He cannot kick with his left foot, he cannot head a ball, he cannot tackle and he doesn’t score many goals. Apart from that he’s alright.” Beckham may be limited, but he knows his job and does it well. Becks walks like a wind-up toy; running, his arms flap wing-like. Beckham’s not a graceful man until he kicks; then, he almost curtsies. His ankles cross. His arms spread like a dancer’s, with a lilt at the wrists and a tilt of the head. Becks’ left foot may be useless, but his right is prehensile. Spanish fans call that right foot “the Glove” because it’s like he just picks up the ball and puts it wherever he wants.

David Beckham’s instinct is more political than patchouli. Jealousy is the Spanish national sport, but the other Real Madrid players aren’t jealous of Becks. They even kiss him after a goal. He speaks Spanish to his teammates during the game: “vamos”, let’s go. He assists consistently yet leaves the glory of scoring to others. Becks’ natural leadership has made him captain of the English national team. His portrayal of the effeminate dumb blonde allows him to storm his antagonists: time and again, the opposition underestimates his tenacity and precision.

 All of Beckham’s uprooted symbols and cultivated stereotypes are brilliantly controlled. Brand Beckham transforms them–and him–into something new, a symbol of globalization itself. His Bernabeu playground–this sea of experiments–is a cauldron where cultural battles boil. Globalization and its attendant backlash rise and clash inexorably. Here, the biggest game is not on the field.

Luisma y S., Pittsburgh, PA, 2006 (revisado en Maypearl, TX, 30 de Junio del 2026)

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