Monthly Archives: November 2015

Las dunas de Chesterton

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Puede que sea difícil de imaginar, o puede que yo no sea capaz de transmitir las imágenes. Hace años, Julián Marías me dijo: escribe lo que no puedas pintar y pinta, fotografía en otros casos, lo que no puedas escribir. Lo intentaré, porque las impensables escenas que presencio, muchas de ellas conmigo dentro, son el pan de cada día de mis aventuras en este país.

Estoy en Chicago, una de mis ciudades favoritas en el mundo. Llegamos hoy, y ya estoy frente a mi ventana en la habitación del hotel Congress Plaza, con vistas al lago Michigan que, como siempre, más parece un mar, un mar de acero gris azulado. La sangre luminosa de los coches fluye abajo, once pisos más abajo; chorros de glóbulos rojos y blancos entremezclados, desde la avenida Michigan hasta la Lake Shore y las calles cruzadas del Parque del Milenio. Las primeras luces de la noche, desde esta ventana, un espectáculo que siempre tiene la virtud de hipnotizarme; puedo estar mirándolo durante largo tiempo, embobado en cualquier pensamiento o remembranza.

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Venir hasta aquí, en coche, es ya una manía. Estados Unidos hay que viajarlo en coche, a pesar de las monstruosas distancias. Y cada viaje a Chicago ( unas siete horas, desde Pittsburgh, rodando rápido) es una fuente de nuevas aventuras. Por más que se miren las predicciones de los hombres del tiempo, siempre hay una sorpresa, sobre todo en recorridos largos. Esta vez, con la primavera ya oficialmente entrada, después de dos horas de camino, nos empezó a caer nieve; que siendo de noche era cegadora, mareante, y dificultaba la conducción. Total, que paramos a dormir, y continuar al día siguiente, ya sin prisas, lo que produjo el avatar de turno y la aventura significativa del viaje.

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

A la mañana siguiente, sol y viento, enfilamos hacia Chicago. Tras un tiempo de rodaje tranquilo, se estropeó un sensor de temperatura y para cambiarlo tuve que salirme de la autopista, y eso fue en un pueblo con un nombre muy literario: Chesterton, en el estado de Indiana. Después de varios intentos, el asunto nos lo arregló un “currito” con taller personal y aspecto de orondo bien comido, y bien bebido. Mientras esperábamos la reparación, en su sala de espera—oficina—salón de té, reparamos en unas fotos colgadas en la pared de algo que se anunciaba como Parque Nacional de las Dunas de Indiana. El tipo insistió que fuéramos a conocerlas—oiga, solo cuatro millas y son una delicia! Echada ya la tarde a perros y con el sol cayendo, y muy fotográfico, nos fuimos a ellas armados de cámaras y protegidos del frío viento, y—Oh, maravilla! La cosa valía la pena, y mucho!

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Pasamos unas buenas dos horas recorriendo el sitio y pisando, fotográficamente, la arena suave de las dunas. Quien iba a pensarlo! A cuatro millas de la dura y pura carretera, unas dunas increíbles, a orillas del lago y tan solo un “tiro de piedra” de Chicago, que se apercibía en lontananza, al otro lado de las aguas. Será un lago, que lo es, pero a mi siempre me ha parecido un mar. Son famosas las historias de tormentas brutales en este lago-mar, hundiendo barcos. Una de estas historias se me quedo grabada, la zozobra y naufragio de un velero, a finales del siglo XIX, que transportaba el abastecimiento de árboles de navidad para Chicago. Nunca ha sido encontrado.

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Volviendo a las dunas. Al punto me informé del paraje y su historia. Otra vez la glaciación Wisconsin, la misma que produjo las cataratas del Niágara y la recesión de los glaciares de los grandes lagos; al retirarse produjeron estas dunas que, además, son unas de las pocas, treinta y cinco en todo el mundo, “dunas cantantes” o “silbantes”. Buscando información sobre dunas, aprendí que también existen dunas que “ladran”, tal que si fueran perros. Que cosas!

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Las dunas, pequeñas pero magnificas, eran un coto fotográfico de primerísimo orden. Las arenas de un color caramelo-rojizo, de increíble suavidad a la pisada, al tacto y al ojo, nos rodeaban por todas partes. Contenían, incluso, pequeños estanques de aguas trasparentes y matas de juncos.Una vida reflejada en otra. Los espejos de la naturaleza.

 

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Un verdadero coto de caza. Un ciento de “cartuchos” se nos fueron entre los dos “tiradores” y el símil cazador me trajo el recuerdo de mi nunca olvidado Pepe Núñez Larraz que, aquí, hubiera gozado como un “marrano con paperas”. Así sucedió con Sarah, que sacó y cobró las mejores piezas. Algunas de las fotos de aquella tarde inolvidable son las que ilustran este “posting”. Aunque bien mirado, cualquier tarde con S. es siempre inolvidable.

 

Luis Jimenez-Ridruejo

Foto de Luis Jimenez-Ridruejo

 

Dunas, agua, viento frío, olor a agua dulce de lago, vallas de madera sosteniendo la integridad del fenómeno…Ni las palabras, ni las imágenes, ni la feérica música de Vaughn Williams, allí en Chesterton (Indiana), quedan esas dunas esperando que alguien visite su delicada existencia. Antes, quizás, de que un mal viento se las lleve.

 

Luisma, 30 de Diciembre del 2015

[Originally Posted in December 2014]

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Luz de Provenza

…“no creas que solo hay castillos en Castilla”…

…“no creas que solo hay castillos en Castilla”…

Oscuro. Siempre me gustó lo de “como boca de lobo”. Es tan gráfico! Como si uno hubiera visto alguna vez la boca (aunque si las orejas) al dichoso lobo. Era negrura teñida, como siempre; cientos de colores que se convierten al negro. Para llegar a esta oscuridad, hasta allí, había recorrido muchos kilómetros, en auto-stop. Toda Francia de norte a sur. Eran los años sesenta del pasado siglo. Era salir de Paris, con mi mochila, y tratar de detener coches con el dedo; siguiendo puntualmente la ruta de Napoleón en su campaña de Italia y los viajes de Cezanne y Van Gogh buscando la luz de la Provenza. Llegar hasta donde estaba ahora me había costado, exactamente, dos días y trece coches y escuchar las historias de sus conductores. Y todo para esta obscuridad.

La cosa venía de dos veranos atrás, de los cursos para extranjeros de la Universidad de Salamanca, célebre, aunque por otras causas. Había conocido a una chica, francesa, con la que “salí” durante el mes del curso y cruzé, posteriormente, algunas cartas…hasta que nos olvidamos paulatinamente el uno del otro. Dos años más tarde me trasladé a Paris por una temporada. La excusa era pintar y estudiar, la realidad fue: sacar los pies del plato. Tenía veinte años y era tiempo. Recordé a aquella chica y su invitación a conocer su casa en Provenza. “Mi castillo”, como decía ella siempre—“no creas que solo hay castillos en Castilla”— Realmente, nunca creí lo del castillo de Marie. Lo cierto es que tenía una cita con la historia y la luz provenzal, la que había soñado en todas aquellas pinturas de los libros de arte.

En el pueblo no había podido encontrar ni un taxi, ni nadie que me llevase, y además era tarde, una oscura medianoche. Un noctámbulo me había dirigido—no tiene pérdida, amigo, son diez minutos andando—y abundó,—al llegar a dos mojones de piedra, con un cartel de propiedad privada, deje la carretera y continúe por el paseo de árboles hasta llegar al castillo. Me sorprendió que usara esa palabra, “château” en francés, y me dejó pensativo cuando se alejaba y antes de que se me ocurriera pedirle precisiones al respecto. Luego, arranqué a caminar mientras el cansancio del día empezaba a hacer mella.

Van Gogh, Trigal con Cipreses, Metropolitan Museum of Art, New York

Van Gogh, Trigal con Cipreses, Metropolitan Museum of Art, New York

Había marchado mucho más de diez minutos eternos y seguía haciéndolo por el camino flanqueado de árboles, olmos, que parecía no tener fin. Olía a menta de algún arroyo cercano que no podía ver. La noche era oscura, densa, negra y me alarmaron algunos aullidos lejanos. La luna llevaba horas escondida tras unas nubes cerradas y tenebrosas. Al fondo de una campa percibí apenas una construcción blanquecina, grande y espectral. Salí de los árboles para divisar mejor y empecé a andar hacia ella, pisando en blando y sorteando manchas de setos bajos que batían mis piernas. En algún momento creí pisar flores. De pronto la luna apareció y me alumbró petrificado. Delante de mi surgió un castillo, un “chateau” provenzal. Quedé parado, pasmado y un buen rato estupefacto. Era en verdad, el castillo de Marie.

Cuando volví del ensimismamiento, reemprendí la marcha hasta que fui a chocar con una escalera imperial que desembocaba en una terraza balaustrada, típica del chateau francés. No se veía ninguna luz y solo se escuchaba el viento en las copas de los árboles. Las contraventanas estaban cerradas a cal y canto. Bordeé la entrada principal dirigiéndome a lo que debieron ser, en su día, las caballerizas. Todas las puertas aparecían trancadas y solo ví una ventana baja cuyo antepecho escalé para intentar ver el interior. Así pude avistar una diminuta llama azul temblando en la oscuridad; más tarde supe que era simplemente el quemador de una calefacción. Único signo de vida en los alrededores.

Pasaron dos largas horas de pesquisas y figuraciones, hasta que caí dormido en un poyete de piedra, con la mochila por almohada. Rendido por el viaje y la caminata, no supe el tiempo que transcurrió. Una luz fuerte, cegadora, me despertó atontado. Dos mujeres hablaban entre si, con siseos y risas quedas. Oí mi nombre, pero ciego por los faros del coche no pude reconocer a Marie y su madre—este debe ser tu caballero español, no decías que estaba en Paris?—Pues ahora esta aquí, a ver que hacemos…Lo que hicieron, después de despertarme del todo, fue instalarme en una habitación magna, enorme. Un dormitorio con reposteros y cama de baldaquino; todo muy de terciopelos y guarniciones antiguas.

Bajo palio dormí hasta que dieron las mil de la mañana, desperté y pude atisbar, por entre los cortinones, el exterior con su jardín de parterres en el que se notaba perfectamente el rastro injurioso de mis pisotones de acercamiento al castillo. La noche anterior había destrozado flores y plantones. Mi llegada al lugar sería recordada, al menos, por el jardinero. Me sentía como un Sancho Panza aquijotado. Salí al balcón, solo para inundarme de los raudales de luz del mediodía provenzal. Un celaje de nubes tenues, un sol limpio que bañaba tierras, vegetación y casas de labor con aquellas luces que tantas veces había admirado en los cuadros impresionistas.

Cézanne, El Monte Santa Victoria. Vista desde la cantera Bibemus, Baltimore Museum of Art, USA

Cézanne, El Monte Santa Victoria. Vista desde la cantera Bibemus, Baltimore Museum of Art, USA

Aquello si era lo que venía buscando. La noche mas oscura había dado paso a la multiplicidad de colores fabricados por tanta luz magnífica, muchas veces soñada, y que quedó para los restos en mis pupilas y en la ambición de plasmarla en mis pinturas. Y así fue durante unos cuantos días, todo luz. El “chateau” debe seguir allí—quiero suponer. No se lo que habrá sido de Marie, esa es otra historia. Nunca volví, y han pasado casi cincuenta años de unos pocos días en Provenza. Me cuesta recordarlo todo, pero no puedo olvidar toda aquella luz. Nunca podré.

Luisma, 14 de Noviembre del 2015

[Originally posted at Dust, Sweat and Iron, August 2013]

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