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“The Greenroom”

“The greenroom”. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

“The greenroom”. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

No, no es un error, me refiero al término “greenhouse”, lo que llamamos en español: invernadero (en inglés se le llama también: “glasshouse”—casa de cristal—). Fue un despiste mío, lingüístico, me levanté de la mesa del comedor y anuncié: me voy al “greenroom”—habitación verde—a hacer fotos. La carcajada fue general cuando S. (Ese Punto) aclaró a los circunstantes que me refería al invernadero. A partir de aquel momento, todo el mundo lo llama: “The Greenroom”, eso si, con media sonrisa irónica y mirando hacia mi.

Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Después del estudio donde pinto, un porche acristalado, el “greenroom” es mi lugar favorito en estos andurriales tejanos en los que ahora vivo. Y además es el legado íntimo, el más ostensible, de Michael (el extinto padre de S.); este invernadero y su mundo vegetal y floral que contiene es, seguramente, el lugar donde el debería pasar sus horas vivas y donde ahora pervive su recuerdo. Tantos momentos pasados aquí en su reino de las orquídeas.

Dendrobium (Australia). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Dendrobium densiflorum x farmeri (Australia). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Un paraíso de plantas y flores maravillosas en cuyo espacio se suspende el pensamiento de nada que no sea la pura delectación estética. Color y forma, bagaje y estímulo más que suficiente para cualquiera que adore la fotografía. Atravesar la puerta de la “oficina” del invernadero supone un reto contínuo a mi sentido de la composición, mi manera de “ver” este otro mundo, el vegetal, en el cual no había reparado nunca con la intensidad con la que lo estoy haciendo ahora.

Begonia fibrosa tropical. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Begonia fibrosa tropical. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Se me van las horas muertas mirando, escrutando a través de los objetivos, contemplando y calculando esta apoteósis floral; observando con sus diferentes luces, vigilando los movimientos del transcurso solar y al acecho de interpretar las señales que él manda a mi imaginación y que me permiten transfundir a la imagen fotográfica, y hasta a la pintura, una vibración que toda obra artística necesita, para serlo: energía, paso previo a la belleza.

Vanda (raíces). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Vanda (raíces). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

El invernadero es un mundo real, y fantástico al mismo tiempo, que pasa a ser surreal y cien veces más fantástico con la sola interposición de una cámara entre el ojo y ese universo; que una vez captado ya no puedes tocar nunca más, no al menos en esa realidad, y cuyo momento queda para siempre allí en la fotografía, sentada en el medio de un camino en el que se cruzan lo pintado y lo escrito. De las tres formas de creatividad, cual prevalecerá sobre las otras?

Helechos. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Helechos. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Los nombres de esas flores y vegetales no salen de mi fantasía, salen de la Botánica, de la ciencia de las hierbas, esa casi desconocida para mi, y que ahora—nunca es tarde si la ciencia es buena—empieza a interesarme. Confieso que me sugestiona más la botánica pura que la aplicada y de ella la morfología, la fitografía. No me resisto al chiste malo sobre la fotografía de plantas.

Paphiopedilum (“lady slipper”). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Paphiopedilum (“lady slipper”). Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Esta vez he escogido unas cuantas “poses” como muestra de lo que se puede hacer en el greenroom. Desde la Phalaenopsis, cuatro o cinco de las mil diferentes “polillas de Linneo”, la pink, la cultivar, la mambo…Las Dendrobium, también miles de especies, renuncio a encontrar cuales son, creo que australianas…Vandas, sin suelo y con raíces aéreas…Paphiopedilum, zapatillas de dama o de Afrodita; imposibles de clonar, lo que supone que cada planta es única, billones de plantas y todas diferentes, algo sorprendente y pasmoso. Begonias y muchas otras, a más de cientos de helechos, las “malas” hierbas del invernadero. Que sitio!

Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Phalaenopsis. Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Es mi greenroom, lugar increíble e impresionante a la amanecida, con sol, sin sol, lloviendo, al atardecer, a oscuras, en sueños, “recogiendo algodón”(woolgathering), en la fantasía y en la realidad. Cualquier excusa es buena para apretar el gatillo de cámara. La habitación verde, un viaje altamente aconsejable.

Luisma, Maypearl (TX)  30 de Abril del 2014

Retrato de Fotógrafo (I)

"Niebla", Pepe Núñez Larraz

“Niebla”, Pepe Núñez Larraz (colección privada de Luis Jimenez-Ridruejo)

Para que Pepe fuera Pepe se tenían que haber juntado, o conjuntado, los astros en un momento crucial; como seguramente debió pasar con el poeta Ángel González y algún artista más. A la conjunción astral siempre le he achacado las cosas buenas y no los infortunios. Esta categoría de personas nacen todos los días pero uno raramente se los encuentra. Maestros, en todos los sentidos de la palabra. No sé porqué, cuando pienso en José Núñez Larraz, el inefable Pepe, siempre acabo recordando a Matisse y nunca me he parado a dilucidar la razón de esta asociación. Pepe era aquel tipo mayor (así lo recuerdo yo eternamente, quizá por ser de la edad de mi padre) que todos nosotros, aquella tropa de aprendices de fotógrafo, el Grupo Libre, queríamos como amigo, admirábamos vitalmente y cuya artesanía fotográfica tratábamos de osmotizar.

Su ciencia no admitía tratados ni compendios, era la pura expresión de la experiencia; los miles y miles de fotos “tiradas” en su vida; el ojo adiestrado y listo para “ver” la foto, instantáneamente. Estuviera donde estuviera, él o la fotografía. Yo siempre tuve la sospecha de que Pepe no buscaba las fotos, sino que las fotos le encontraban a él. Nunca ahorró señales con el dedo, ni consejos de hacia donde mirar o apuntar el objetivo. Era un cazador contumaz, empecinado, primero disparaba y luego hablaba—las fotos no esperan—, decía. Todos hacíamos las fotos en los mismos sitios, raramente coincidíamos en una imagen similar. Eso si, todos empezamos haciendo fotografías como las suyas. Simplemente, porque eran buenas.

La cosa empezó a mis veintiún años, cuando llegué de Paris, donde mis conocimientos estéticos se habían desarrollado enormemente, casi desde la nada. Había descubierto la fotografía y a Cartier-Bresson y los otros; de los americanos no tenía ni noticia. A Núñez Larraz ya le conocía desde siempre, era el padre de Aníbal, el “Ani”, amigo de la niñez, compañero del colegio y malogrado poeta y artista plástico. Encontré a Pepe de nuevo, en una exposición de sus fotografías y fui a verlo a su imprenta para pedirle consejo en la compra de un equipo fotográfico, con el cual pretendía iniciarme en tal arte. Allí me instiló el veneno de la fotografía para los restos, haciéndome un retrato a la luz que se filtraba por una vidriera. En aquel simple disparo estaba plasmado todo lo que yo era, había sido y soy ahora. Cuanto lamento haber perdido aquél retrato en alguno de mis avatares vitales. Solo S., mi compañera, ha logrado algo similar con mi retrato actual, también en blanco y negro.

Núñez Larraz me invitó a salir “de fotos” con él y su grupo de amigos artistas, sorprendentemente casi todos de mi edad; supongo que el ser fotógrafo estaba de moda en aquel momento, eran los últimos años sesenta y en España todo eran pasiones nuevas. Salíamos casi todos los domingos y, a veces, otros días antes del trabajo o después, cuando las luces se terciaban interesantes o había algún evento o situación especial, por ejemplo: una buena nevada. Acabamos formando un grupo expositor, sin manifiesto estético, que se llamó: Grupo Libre de Fotografía de Salamanca. Llegamos a tener cierta relevancia nacional, se hicieron muchas y buenas exposiciones. Entre nosotros calaron amistades de por vida, al amparo de aquellas salidas de las que el chorizo y el buen vino también fueron parte. Pepe era el aglutinador del grupo y nuestro valedor en innumerables ocasiones. Como vulgarmente se dice: hizo escuela.

Tratar de definir la fotografía de Núñez Larraz es empresa ardua y complicada, incluso para alguien como yo que conozco toda su obra y he bebido en sus fuentes personalmente. Como casi todos los fotógrafos anteriores a la guerra civil, era un autodidacta pero con un gran bagaje cultural y una gran información de primera mano, en unos tiempos en los que todavía no existía la gran herramienta internética. Tenia una librería e imprenta y por tanto un rápido acceso al conocimiento gráfico.

Definía las fotos en gran manera por su semejanza o influencia pictoricista. Decía: esa foto es un Matisse, o un Tápies, o cualquier pintor que le recordase la composición, coloridos o texturas. Raramente se equivocaba, y aún siendo un fotógrafo inicialmente en blanco y negro, discernía muy bien cuando una foto era para ello y cuando para color.

Tocó todos los palos de la baraja fotográfica; desde su primera instantánea: una carga de caballería en las calles de Barcelona, el día de la proclamación de la República, hasta su última foto que bien pudo ser una de sus muchas visiones de la catedral de Salamanca, y que nadie como él ha sabido retratar mejor. Testimonio, retrato, documental, deportiva, naturaleza, desnudo, abstracción…en todas ellas consiguió magníficos resultados. Recibió innumerables premios, incluyendo el Castilla-León de las Artes. Siempre definió su actividad artística como: fotografía personal, y sus influencias, igualmente, como personales. Al cabo de un tiempo de “estudiar” con él, me di cuenta que Pepe era una especie de hijo natural de Weston y Adams; sobrino de Cartier-Bresson y creo que tenía un hermano gemelo en América: Ernst Haas, del que yo también soy hijo fotográfico.

El  fotógrafo Pepe Núñez Larraz

El fotógrafo Pepe Núñez Larraz

Núñez Larraz podía haber sido, perfectamente, un fotógrafo americano; si no fuera porque en América no había romerías, tascas, ni procesiones de Semana Santa. Ah! y los Toros…Pepe, desgraciadamente, murió hace casi dos décadas y yo perdí entonces el mejor maestro y el mejor amigo.

Luisma, Maypearl (TX)  20 de Abril del 2014

 

Retrato de Pintor (VIII)

Retrato de Fernand Léger (1881-1955)

Retrato de Fernand Léger (1881-1955)

“No existe lo abstracto o lo concreto. Existe un buen cuadro y un mal cuadro. Una pintura que te conmueve y otra que te deja frio. La pintura tiene valor por si misma, como una partitura musical, como un poema.” (F. Leger)

Nunca supe, hasta hace muy pocos años, que Madonna y yo compartíamos gustos pictóricos y una sesgada relación personal; todo ello sin llegar al conocimiento mútuo—cosa que no me hubiera importado lo más mínimo. La “monstruosa” cantante y artista es fan acendrada del pintor Fernand Léger, llegando incluso a poseer—ella se puede, o se podía, permitir el lujo—obra del pintor francés. Hace diez años, vendió—siete millones de dólares para su fundación Ray of Light—el cuadro: “Tres mujeres en la mesa roja” en Sotheby’s. Lo de la relación personal fue el hecho de haber sido, mi segunda mujer—la americana—, profesora de Madonna, en bachillerato, cuando todavía se la conocía como señorita Ciccone (Madonna Louise Ciccone), en el Michigan de hace ya demasiados años.

La verdad es que me hubiera gustado conocer a Fernand Léger. Desgraciadamente, murió cuando yo tenía diez años. Hacerme una idea, un retrato del artista y del hombre, exige dos formas de intentarlo: una puede ser buscar fotografías del pintor que también era cineasta; solo para encontrar que, en lo físico, se daba un aire a Walt Disney. Nada que ver, Disney era un halcón de la derecha americana y Léger un comunista francés, algo casi tan pintoresco como un comunista español. Los dos compartían el aire bonachón y el bigotillo propio de la época entre guerras mundiales. La otra manera de retratarlo sería escrutar y rastrear la imagen de su espíritu en toda su obra y, sobre todo, leer y estudiar sus magníficos escritos sobre arte; fundamentalmente: “Funciones de la pintura”, una obra maestra.

Uno no sabe a que carta quedarse con un personaje como Fernand Léger; si el pintor adelantado a su época, moderno hasta llegar a ser el epítome de lo moderno o quedarse en el Léger escritor; posiblemente uno, si no el mejor, de los grandes escritores sobre arte de todos los tiempos. Su “Funciones de la pintura” es, para mí, el más importante texto que jamás haya leído ( y releído a menudo) escrito por un artista. No me canso de aconsejarlo.

Difícil de conjugar el hacer arte y escribir sobre ello. Descubrir las posibles razones de esta conjugación es problema harto difícil, habría que adentrarse en su biografía y en su tiempo y llegar a conocer porque alguien nace con el don de la escritura. Lejos de mi el proclamar que el artista para una cosa es artista para todo; ojalá fuera así—otro gallo nos cantaría—y no habría tanto “cantamañanas”, críticos de arte, resbalando y patinando por las laderas de la historia. Fernand entendió y plasmó perfectamente el hecho artístico y las influencias de lo individual y personal en el arte, propio o ajeno.

F. Leger, “Los Fumadores”, 1912.

(F. Leger, “Los Fumadores”, 1912. Colección Guggenheim. Nueva York.) Muchas de sus pinturas me conmueven cada vez que las miro…

Léger se fue a París, desde su Normandía natal, justo al principio del siglo XX. Quería estudiar Bellas Artes pero no le aceptaron, supongo que había que ser un consumado dibujante clásico (como en la Escuela de S. Fernando, en Madrid) y se convirtió en “oyente”, permitiéndole ello un mayor y más libre uso de su imaginación, encorsetada y constreñida por las rígidas directrices escolares. Tres años vacíos e infructuosos, según sus propias palabras. Se hizo un pintor “serio” y dedicado hacia sus veinticinco años. Todo lo que pintó en aquella época lo destruyó más tarde.

Se adhirió luego a la vanguardia de los Archipenko, Chagall…empezó a hacer Cubismo, lo que luego alguien le tituló: “Tubismo”, por sus figuras cilíndricas. Hizo abstracción, antes de alistarse, dos años, para la guerra mundial del “Catorce”. Casi murió en la batalla de Verdún, en un ataque con gas mostaza. Así que, para la Segunda Guerra Mundial se vino a los Estados Unidos. Enseñante en Yale University, trabajó mucho y hasta le decoró el apartamento a Nelson Rockefeller. A resultas de aquel viaje, al volver a Francia en 1945, se afilió al Partido Comunista. Le debieron sentar mal los USA. Aunque él, más que marxista fue un apasionado humanista. Tuvo una vida artística muy productiva en Europa y Sudamérica. Murió en 1955, a los 74 años.

Léger alguna vez dijo: “Mis ojos fueron hechos para borrar todo lo que es feo”. Me adscribo a ello. Hombre y pintor con tantos detractores como seguidores; no hace falta decir de que lado estoy. Muchas de sus pinturas me conmueven cada vez que las miro. Aparte de lo que he aprendido de él. Esta es mi visión de Fernand Léger y, después, que cada cual haga sus propias interpretaciones. Para gustos están los colores, no?

Luisma, Pittsburgh, 15 de Septiembre del 2013

(originally posted at Dust, Sweat and Iron)

Hablan quienes la conocieron

refectory where the last supper is painted after a bomb strike

(Santa Maria delle Grazie en 1.943) Una bomba más sobre el refectorio y
de “La Ultima Cena” solo hubiera quedado la imaginación.

Además de admirar la pintura, se trata de conocer al pintor; lo que siempre ha contribuido a entender mejor su obra y aumentar el deleite de su contemplación. Cualquier pequeño detalle suma y se añade a la belleza intrínseca de la obra. Siempre ha sido bueno leer a aquellos que escribieron sobre los pintores, principalmente a los coetáneos, si se trata de artistas de otros tiempos. Y más si, ficticiamente o no—tanto da, ya—claman haberlos conocido personalmente. Por como ha llegado hasta nosotros, confrontar una obra como “La Ultima Cena” de Leonardo Da Vinci es una experiencia de mucho mayor orden si la aderezamos con la lectura de los que lo conocieron, u otros que dotados de una visión literaria acendrada nos han dejado su palabra para excitar nuestra imaginación. Poco importa leerlos antes o después de ver la obra, es cuestión de gusto o regusto, de gozo o recuerdo.

Matteo Bandello era un monje italiano, fue un popular escritor y ya de mayor llegó a ser obispo en Francia. Además de conocer a Leonardo Da Vinci y escribir sesgadamente sobre él, publicó unos cuentos o “novellas” cuyas traducciones al francés y al inglés harían conocer a Shakespeare las historias de algunos de sus mejores temas: “Romeo y Julieta”, “Mucho ruido y pocas nueces”, “Noche de Reyes”… Bandello habría vivido en el convento dominico de Santa María delle Grazie durante el tiempo en que Leonardo pintaba su obra magistral. Posiblemente era un fraile muy joven, debía tener entonces unos quince años, y hubiera tenido por ello más tiempo para andar zascandileando alrededor del pintor y sus trabajos. Bandello nos describe lo que debió observar muchas veces:

“…a la mañana temprano subía al andamio, porque ‘La Ultima Cena’ estaba un poco en alto; desde que salía el Sol hasta la última hora de la tarde estaba allí, sin quitarse nunca el pincel de la mano, olvidándose de comer y de beber, pintando continuamente. Después sabía estarse dos, tres o cuatro días, que no pintaba, y aun así se quedaba allí una o dos horas cada día y solamente contemplaba, consideraba y examinaba para si, las figuras que había pintado. También lo vi, lo que parecía caso de simpleza o excentricidad, cuando el Sol está en lo alto, salir de su taller en la corte vieja—sobre el lugar del actual Palazzo Reale—donde estaba aquel asombroso Caballo compuesto de tierra y venirse derecho al convento de las Gracias y subiéndose al andamio tomar el pincel, y dar una o dos pinceladas a alguna de aquellas figuras, y marcharse sin entretenerse…”

Un oscuro monje italiano que conoce a Leonardo y hasta pretende darle consejos de cuando abandonar una pintura y cuando retomarla…e inspira a Shakespeare! Al igual que Giambattista Giraldi, otro poeta y novelista contemporáneo de Bandello que, basado en los recuerdos de su padre, escribía así sobre la forma de trabajar de Leonardo: “Antes de pintar una figura, estudiaba primero su naturaleza y su aspecto[…] Cuando se había formado una idea clara, se dirigía a los lugares en los que sabía que hallaría personas del tipo que buscaba, y observaba con atención sus rostros, sus comportamientos, sus costumbres y sus movimientos. Apenas veía algo que podía servirle para sus fines, lo dibujaba a lápiz en el cuadernillo de apuntes que siempre llevaba en la cintura. Este proceder lo repetía tantas veces como juzgase necesario para dar forma a la obra que tenía en mente. A continuación plasmaba todo esto en una figura que, una vez creada, movía al asombro”.

El gran escritor Goethe, también prolífico dibujante y autor de una Teoría del Color, explicaba su visión de “La Ultima Cena” y del refectorio donde se encontraba: “Frente a la entrada, en la zona mas estrecha y al fondo de la sala, estaba la mesa del prior, y a ambos lados las de los restantes monjes, colocadas sobre una especie de grada a cierta altura del suelo. De repente, cuando al entrar uno se daba la vuelta, veía pintada en la cuarta pared y encima de las puertas la cuarta mesa, con Jesús y los Apóstoles sentados a ella como si fueran un grupo más de la reunión. La hora de comer, cuando las mesas del prior y de Cristo se encontraban frente a frente, encerrando en medio a los demás monjes, tuvo que ser, por fuerza, una escena digna de verse”. Goethe nos dejó, también, una magnífica explicación pormenorizada de la pintura, tal cual él la vio en 1788.

blue and white line drawing of the outlines of The Last Supper

Líneas maestras previas a una observación imaginativa…

Sea Goethe, o sean unos poco conocidos escritores italianos, el caso es que estos personajes nos edifican el conocimiento; de alguna manera se asemejan a lo que hubieran sido los periodistas de su tiempo. Contribuyen a la fama y la grandeza de otros sin quizá proponérselo y, sobre todo nos permiten sacar a pasear nuestra imaginación, que es otra manera de conocer. La mejor manera? En el caso de “La Ultima Cena” y con su estado de conservación, no queda más remedio que afirmarlo.

Luisma, Maypearl (TX) 10 de Febrero del 2014

El “Guernica” y “La Ultima Cena”

A mi me gustó siempre el “Guernica”, independientemente de su significado político. No comulgo con la pintura política ni tampoco con la religiosa. Ambas son tildes. Creo que la obra bien hecha está, o debe estar, por encima de lo religioso y lo político. El “Guernica” tiene para mi el mismo valor que “La Ultima Cena” de Leonardo, pinturas bien hechas las dos, separadamente de sus “otros” significados. Por eso me gusta la abstracción, a la que es difícil darle otro sentido que el puramente estético o emotivo. No voy a negar que admiro mucho el arte realista, el gran oficio; mi imaginación se llena con algunos retratos, dejando a salvo los famosos “parecidos” que en la gente anterior a la fotografía nunca llegaremos a saber si lo eran o no.

Pablo Picasso, Guernica

“…sus azules, verdes, sienas y bermellones eran cada uno el trasunto…”

El “Guernica” lo vi por primera vez en Madrid, en su emplazamiento anterior, cuando estaba en una urna de cristales anti-bala y parecía un Cristo yacente, de aquellos que salían en procesión en la Semana Santa. Picasso se hubiera hecho cruces ante semejante similitud. Los 111 japoneses que inundaban el Casón no me molestaron lo más mínimo. Confieso que se me hizo mucho más grande que en las fotos (!?), seguramente por el aura de obra única y singular y la transcendencia lograda por sus avatares vitales. Los otros significados. América contribuyó mucho a la glorificación del cuadro y fueron sus minorías, como siempre, pues las mayorías eran y son otra historia. En una conferencia, en un colegio universitario de Houston, ya hace años, me preguntaron que opinaba sobre el sentido político del “Guernica” y, ni corto ni perezoso, contesté que sus azules, verdes, sienas y bermellones eran cada uno el trasunto de los partidos políticos de la España anterior a la guerra civil. Nadie pareció captar la broma. Creo que la mayoría no sabía como era el cuadro.

Y, precisamente, el no saber como es realmente un cuadro o una obra pictórica es lo que produce mayor emoción cuando lo ves por primera vez. Así me ocurrió con el Picasso y también con el Da Vinci. En el momento en que confrontas el cuadro y el supuesto fresco, los dos obras enormes en su realidad, es cuando te das cuenta de lo poco que te habías fijado en las fotos. Los tamaños se confunden con las expectativas y los colores—o la ausencia de ellos—cambian en tu retina, tomando todo el episodio un sentido diferente. El entorno, la geografía, los olores y los sonidos, todo influye. Es el momento en el que nacen las adhesiones inquebrantables a una pintura o a un artista.

Era un verano caluroso y tormentoso, hace treinta años aunque me parece que fue solo ayer. Corríamos por la Lombardía, camino de la ciudad, rodando por la carretera al compás de una tormenta tras otra. La promesa era grande: ya se podía visitar “La Ultima Cena” de Leonardo, después de dos interminables décadas en restauración. Milán, hasta Sta. María delle Grazie, era una ciudad abierta, apenas nadie en las calles, solo el olor a ozono como en Castilla. La suerte ayuda a los audaces, alguien de la lista de visitantes no había llegado y nos dejaron entrar. No recuerdo nada del convento, la excitación del momento por suceder, todo era oscuridad hasta entrar en el refectorio y allí, al fondo, Leonardo y el silencio y los suspiros. De algún lugar en lo alto, muy quedos, descendieron los acordes de un Magníficat.

Leonardo Da Vinci, The Last Supper

“…Aquellos colores eran suaves, tenues y al mismo tiempo luminosos…”

“La Ultima Cena” fue una sorpresa por sus luces, por su perspectiva y por la manera como te entraba por los ojos. Aquellos colores eran suaves, tenues y al mismo tiempo luminosos. El cuadro entero acusaba el maltrato sufrido durante siglos. Como había podido salvarse después de tanta vicisitud? Repasé mentalmente su historia…la pintura empezó su vida mal: tres años después de terminada ya se caía a trozos, deteriorándose extremadamente. En sesenta años casi había desaparecido. Sufrió varias tentativas poco acertadas de restauración y protección por pintores que no estaban a la altura de las circunstancias. Soldados franceses, en 1796, tiraban piedras contra la pintura y subían a borrar los ojos de los apóstoles. Continuaron los intentos de limpieza y restauración fallidos. En la segunda guerra mundial le cayó una bomba y tuvo que ser cubierta por sacos terreros. Ahora terminaban veintiún años de criticadas reparaciones.

Lo que teníamos a la vista era más la emoción de imaginar a Leonardo Da Vinci subiendo y bajando del andamio (tres años de trabajos ímprobos, pinceles en ristre y discutiendo soluciones estéticas con sus ayudantes), que la pintura en si; maltrecha por los siglos y la estupidez humana. Las grandes y famosas obras de arte tienen siempre el plus emotivo de excitar el recuerdo y los sueños del espectador avisado. Son contadas las que producen esta sensación imborrable. No así, o casi nunca, llegan a tales emociones las obras demasiado inspiradas, o literales, de estas pinturas. Dalí y Andy Warhol lo intentaron con Da Vinci. Más suerte ha tenido Picasso con su “Guernica”, nadie significativo se ha atrevido con él. Bien! Preferible.

“La Ultima Cena” es para verla una vez en la vida, o dos (si han pasado muchos años). El “Guernica” quiero verlo de ciento al viento. Mis “Meninas” necesito verlas al menos una vez, cada viaje a Madrid. Emoción si, pero unos más que otros. O como diría mi padre: distancia y categoría.

Luisma, Maypearl (TX)  28 de Enero del 2014

 

Retrato de pintor (IX)

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“Me gusta una pared vacía porque puedo imaginar que me gustaría poner en ella.” Georgia O’Keeffe (1887-1986) 

Esta es la historia, retrato, de uno de los seres mas anormales que imaginarse pueda: una persona normal. Una mujer, en este caso. Una mujer feminista (lo era por naturaleza). Georgia O’Keeffe no necesitaba serlo, ni practicarlo, ni pregonarlo a bombo y platillo. Simplemente lo era, y no hace falta mirar muchas de sus pinturas para darse cuenta de ello. El feminismo mas galopante, el de armas tomar, quiso hacer de su arte una bandera y tropezó con la mas absoluta negativa. O’Keeffe, repetidamente, negó la utilización de sus imágenes para la causa feminista. No porque ella no lo fuera, o porque no apoyare la lucha, sino porque tenía mucho respeto por su arte y por el de los demás. No creía en su uso político, ni en cualquiera de los usos ajenos al arte por si mismo.

Esa normalidad la llevó a ser discutida por razones extrañas a las fronteras de su arte pictórico, sobre todo en su propio país. De ella, las más de las veces, se criticaba todo menos su pintura que era lo discutible. “Escribes sobre mi flor como si yo pensara o viera lo que tu piensas y ves de la flor—y yo no”. Incluso se llegó a criticar su éxito, tildándolo de excesivo(!). La mayor parte de sus críticos más negativos han sido otros artistas posteriores, alegando razones técnicas o de gusto personal (¡?) y ocultando a menudo los rabiosos celos, con comparaciones odiosas y siempre mal traídas. Los tiempos cambian pero solamente para repetirse. Picasso, de cuyo éxito nadie podría dudar, ni sospechar, no fue ajeno a ello. Él, sin embargo, cayó frecuentemente en la utilización política del arte; aunque en su caso produjera obras como el “Guernica”. Perdonable utilización.

Georgia O’Keeffe nació en Wisconsin, aunque su vida creativa se celebró en New York, Texas y New Mexico. “Donde nací y donde y como he vivido no tiene importancia. Lo que he hecho en donde he estado, es lo que debería ser de interés.” Ha sido, probablemente, la pintora más importante de la historia de este país, con Mary Cassatt y Helen Frankenthaler. “Uno no puede ser americano para que vayan diciendo: mira es un americano. Hay que sentir América, gustar de América, amar América y entonces trabajar.” Así se expresaba O’Keeffe al ser preguntada—que se siente al ser una pintora americana(¡?). Su vida y milagros eran examinados con lupa y fue un continuo responder a preguntas que nunca se hacían a los pintores masculinos. Georgia era una solitaria, misantrópica y casi anacoreta. Algo nada anormal y, a pesar de todo, considerado anormal por el resto de los mortales. Si no eres como todo el mundo—aborregado—eres un raro.

music pink and blue 2 1918

 “Music, Pink and Blue #2″ (1918)

Su relación afectiva y profesional con el fotógrafo Alfred Stieglitz, que era 23 años mayor que ella, contribuyó a perfilar una celebridad ajena a su interés. Fue una relación distante y físicamente despegada. Con todo y con ello, Stieglitz le hizo más de 350 fotografías, algunas de ellas maravillosas y de las que muchas eran desnudos. Dada su seriedad artística y su fama, varios de estos desnudos se han cotizado en cifras millonarias. Uno de ellos pasa por ser una de las fotografías más caras de la historia. Los temas de su pintura, después de una juvenil etapa de abstracción, fueron las flores, los edificios neoyorquinos, los paisajes áridos, y las pelvis y cráneos de animales blanqueados al sol del desierto(¡?). “Cantar siempre me ha parecido la más perfecta manera de expresión. Es tan espontánea. Y después de cantar, creo que el violín. Como no puedo cantar, pinto.” Pura normalidad, se mire como se mire.

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  “Yellow Calla” (1926)

Tuvo una vida muy productiva y al final volvió a la abstracción. Aún así, siempre dudó: “No soy un exponente de expresionismo. No sé exáctamente lo que eso significa, y no me gusta como suena. No me gustan las etiquetas y los ismos. Quiero pintar al modo de mi pensar y sentir.” Le gustaba ponerse a si misma en solfa, y decía: “Odio las flores—las pinto porque son más baratas que las modelos, y no se mueven.” En resumen, una persona normal que era pintor y mujer. Aceptó y abrazó su condición femenina (en una época muy diferente a la actual) usándola para su expresión artística, y nunca renegó de ella. Georgia O’Keeffe murió a los 98 años. Los últimos veinte años de su vida ya no pudo pintar por culpa de un defecto de visión.

Luisma, 25 de Noviembre del 2013

“Siento que hay algo inexplorado sobre la mujer que solo una mujer puede explorar.” (G. O’K.)

[Originally posted at Dust, Sweat and Iron.]