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Una noche de ensueño

Luis Jimenez-Ridruejo, Uninhabited Garden #2

Luis Jimenez-Ridruejo, Uninhabited Garden #2 (“the lost painting”), acrylic on canvas, 22″ x 22″

Por primera vez, en mucho tiempo, una noche con un sueño maravilloso, delicioso, fantástico…todos los adjetivos que se le ponga son pocos. Usualmente, la cosa no discurre así, mis sueños son difíciles o frustrantes o terroríficos o incluso simplemente inocuos. Esta vez me cayó el premio, me tocó la lotería, me bajaron las nubes para poder subirme en ellas. Que bien!

Una noche de sueños de los de estrellitas, de borreguitos, de pastelerías, de los que te curan, mismo, la acidez de estómago. Hasta incluso, mientras estoy escribiendo esto, silbo una alegre cancioncilla intranscendente; solo de la felicidad que me produce el recuerdo de esa noche, de ese sueño. La misma sensación que cuando juego un buen partido de fútbol, ahora que cada vez se me hace mas complicado que eso ocurra por la edad y por los crecientes detrimentos físicos.

Luis Jimenez-Ridruejo, Instar #4, acrylic on canvas, 75" x 60" (detalle)

Luis Jimenez-Ridruejo, Instar #4, acrylic on canvas, 75″ x 60″ (detalle)

Bueno, va…nos vas a contar el sueño, si o no? Bien, pues la cosa va de pintura, de mi pintura. Soñé que estaba conforme con mi pintura (lo que nunca ha sido así), que me gustaba lo que había pintado y que era bueno. Y que había pintado mucho, una exposición completa y que todo el mundo decía que era una buena pintura, tirios y troyanos, amigos y la “cofradía de la elegancia”, todos.

Aquí no me va a quedar más remedio que explicar lo de la cofradía de la elegancia, es decir la “critica especializada” (más o menos especializada, según se mire). Esos cuya mejor manera de definir laudatoriamente mi pintura ha sido siempre acusarla de “elegante”, lo que dicho sea de paso todavía no he podido comprender bien que quiere decir y en que se basa dicha definición.

Luis Jimenez-Ridruejo, Instar #10, acrylic on canvas, 48" x 56" (detalle)

Luis Jimenez-Ridruejo, Instar #10, acrylic on canvas, 48″ x 56″ (detalle)

Esta vez la palabra elegante no se veía por ningún lado, ni afloraba siquiera en las típicas lenguas de doble filo, los envidiosos…no envidiosos de mi (pobre!), los envidiosos por real decreto, los de siempre, que habitan cualquier país y cualquier hemisferio. Los que viven vidas únicamente de espectadores, esos que se dedican a mirar (en blanco y negro, desvaído) como los demás viven sus vidas, en vez de vivir las suyas propias (colores a tutiplen).

En pocas palabras, fue una noche, un sueño de plenitud, un sueño que era un sueño. Ni siquiera cuando me desperté la sensación fue mala o infeliz por el término de dicha felicidad. El solo recuerdo del sueño era una felicidad en si mismo. Firmaría, ahora mismo, tener más sueños como el del otro día, o la otra noche, o tenerlos a menudo, más a menudo. Esta vida, con sus más y sus menos, necesita estas pequeñas inyecciones de optimismo, aunque sean imaginarias.

Luisma, 27 de Abril del 2009

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La reunión

‘El cuarto del Principe’, diez minutos antes de la reunión. (“Palacio Real” de Jose Manuel Ballester, 2009 )

‘El cuarto del Principe’, diez minutos antes de la reunión. (“Palacio Real” de Jose Manuel Ballester, 2009)

Año 1656. Huele a chimenea, a leña de encina quemada. Son los últimos días de invierno que en Madrid demasiadas veces se confunden con la primavera. Del patio suben las voces de atención de la Guardia Real. El Alcázar, por la mañana, es un lugar silencioso. Las estancias que no tienen fuego de hogar se abren muy de amanecida para airear y no se cierran hasta el mediodía, para que el aire de la sierra seque y oree los ambientes — lo mismo que se hace con los embutidos serranos. El Palacio Real es vivible, si se mantienen las condiciones y se cuidan las temperaturas. Hoy, este ala está muy concurrida, personajes van y vienen ajetreados, señal de que los Reyes andan cerca. Los personajes en cuestión se reúnen, confluyen en el llamado cuarto del Príncipe que es el obrador, el estudio donde está pintando Velázquez en estos días. El maestro Diego, él fue quien me dijo que la habitación donde pinta el gran cuadro debería estar caldeada, sin exagerar, a tono con la situación: Que la princesa y las niñas no pasen frio. A él no le importa ese frio demasiado; aún siendo sevillano, lleva tiempo acostumbrado a estos días, a veces gélidos, de Castilla y dice que no sería la primera vez que pinta con guantes. Me gustaría hacerme amigo del maestro, ofrecerle mis servicios, aunque un viejo guardia adaptado a guardadamas no puede aspirar a mucho en esta Corte.

Nicolasillo Pertusato no es realmente un enano, es una miniatura de galán, un hombre diminuto que parece un niño pequeño y que se comporta como tal, estrambótico, ya tiene dos decenas de años pero aparenta como la mitad. Es saltarín y no tiene el físico ni los rasgos de la enanez. Es alegre aunque con mala leche, a veces, producto de ser consciente de su pequeñez. Anda por las estancias rebuscando algún dulce extraviado que llevarse a la boca, es un goloso y le pierden los “caramelle” italianos, como él, que hace poco han debutado en la corte. Esas piezas de confitura dulce que se han puesto de moda y que están empezando a costar problemas dentales a más de uno. Por no hablar del Tiramisú, ese postre cuya receta trajo el maestro de su último viaje a Roma; cuando pintó ese retrato del Papa, del que todo el mundo habla. Ni con tanto dulce engorda, ni crece. En los pasillos todo el mundo se para con él y coinciden en las cuestiones:

— “Donde vais de esa guisa, tan peripuesto y de tiros largos?”

— “Me va a pintar Velázquez… Don Diego quiere que esté en su nuevo cuadro, junto a la Infanta Margarita y sus meninas.” No todo el mundo tiene el honor de que lo pinte ‘el Sevillano’, solo los privilegiados.

— “Callad ya, no sois más que un enano!”

— “No soy un enano, soy un galán pequeño!” Berrea a su interlocutor. Pertusato calla, sabe perfectamente que su pequeñez es lo que le permite vivir en Palacio, y además, tampoco quiere enemistarse por un ‘quítame allá esas pajas’ con ningún personaje de la Corte.

El ‘niño grande y pequeño’ se apresura para llegar a tiempo al estudio del pintor. En el camino se tropieza con ‘León’ el bonachón perro de la Infanta que casi es más alto que él y al que le gusta zaherir:

—“Vamos, ‘León’ que a ti también te van a pintar.”

El perro le tira un gañafón que casi le hace perder el equilibrio. El diminuto personaje lo arrea con una patada en los cuartos traseros, como de costumbre. Ambos bajan la escalera que da al estudio y se paran sorprendidos de ver a los Reyes, que hablan en voz baja con el pintor. Nicolasillo afina el oído, curioso, mientras juega con el perro; no sabía que los monarcas iban a estar en la sesión de poses. No sería extraño, pues Velázquez es muy capaz de pintar varios cuadros al mismo tiempo. El perro rabea alrededor de la Reina que lo aparta ostentosa con el pie. El animal se sienta en el suelo y aparenta quedarse dormido. Nadie, ni siquiera un perro, sexto sentido animal, osaría quedarse dormido sin el pláceme en la presencia Real. Varias personas van entrando en la estancia, por un momento hay un gran ‘frufrú’ de vestidos, sedas y brocados. Las conversaciones y los ademanes se aquietan ante la figura de los Reyes. El olor de madera quemada en las chimeneas se adueña del lugar, un sol blancuzco entra por los balcones y a contraluz el aire del estudio se tiñe de colores y sobrevuelan miasmas, polvo y motas de luz. La habitación se hace agradable a todos los sentidos.

Margarita, Infanta de España, se moja los dedos y se atusa los pelillos rubios no sujetos por el prendedor de carey, que alguien le regaló después de un viaje a América. Está en la fuente del patio y no tiene prisa, nunca la ha tenido, se sabe el centro de atención y la preferida de su padre, a pesar de no ser un varón. Le hubiera gustado ser hombre, ser príncipe y heredero de la corona. Entonces sí hubiese tenido los mil retratos de Velázquez y no tanto medallón para ilustrar a futuros pretendientes. No sabe aún que puede llegar el día en que sea Reina de España o Emperatriz en Austria. Se sujeta los vuelos del vestido y camina bamboleándose, casi levitando, hacia el estudio del pintor.

— “Si yo no estoy, no hay cuadro,” protesta para su coleto.

— “Habrán de esperar, yo soy Margarita!” Casi se le escapa un grito.

— “Donde están mis meninas?”

Del fondo de un pasillo lateral ha surgido una masa obscura, de andar acompasado y dubitativo. Tiene los pies planos y el resoplido del poco fuelle físico.

— “Alteza, Alteza! Esperadme, por favor!” Margarita la reconoce antes de que salga de las sombras. Es Mari Bárbola, la enana germanota, descomunal, una enana gigante, apaisada y rolliza, que le llega diciendo:

— “Ay, ay, me duelen mucho mis rodillas y mis estómagos y me siento mal.” Margarita, consentida y a veces cruel, le contesta con bromas:

— “Bárbola, no tienes más que un estómago, por Dios!” La princesa trata de empujarla, sin éxito.

— “Yo, cuando me siento mal, me quedo en pie o cambio de silla, ja,ja….” La enana se detiene antes de bajar la escalera para recuperar el resuello.

— “Bárbola, vamos, más deprisa, apresuraos, que nos van a poner falta.”

Al entrar en la habitación, que huele a trementina y fuego de hogar, Isabel y María Agustina salen de las sombras por una puerta excusada que comunica con el pasillo hacia las cocinas. Las dos niñas se paran, descubren la reunión en ciernes y se acercan solícitas a la Infanta, ofreciéndole agua y anises en un búcaro rojo. Apenas se dan cuenta de donde y con quien están, no tienen ojos más que para ella, su ‘reina chiquita’. María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco, las meninas, son todavía unas niñas, unas señoritas de compañía, a pesar de ser solo un poco mayores que la Infanta. No les hace mucha gracia posar con los enanos.

— “No se porque tienen que estar en todas las sopas”, dice la una.

— “Es verdad, solo son unos monstruos”, retrueca la otra.

— “Que afición tiene el señor de Velázquez a pintar estos engendros.”

Las dos han llegado a Palacio, la noche anterior, desde la Casa de Campo, donde se hallaban preparando las habitaciones de verano, todos sus ropajes y decoración, para la próxima vacación de la Infanta. No tenían noticia de tener que posar para un cuadro y les entra la curiosidad de saber quien ha posado por ellas hasta lo de hoy. Se relamen de gusto de figurar para el pintor de cámara del Rey.

Diego de Silva y Velázquez entorna los ojos y medita lo que tiene en la imaginación. Le atrae pintar esta reunión que se le ha ocurrido: Reyes, personajes y personajillos. El mundo al revés, los Reyes minimizados solo serán un reflejo; los personajes adultos en las sombras, puro relleno para la composición; menos él mismo, convenientemente iluminado, a casi la misma importancia que la princesa. Los personajillos encuadrando la figura central de la niña. Sobre todo le da una gran excusa para aparecer con Su Majestad en un mismo lienzo. A ver como le presenta la idea del cuadro al Rey. Tendrá que ser una obra razonada y harto sutíl. Intuye que deberá terminarla antes de que el Rey la vea en instancias avanzadas, no sea que se la prohíban, como ya ha ocurrido con alguna otra pintura.

Velázquez medita, mientras observa a los circunstantes. Habrá de ir con cuidado. Su ambición de llegar a la nobleza no le permite dar ningún paso en falso. Esa misma ambición es la que también le ‘permite’ saberse un gran pintor, lo cual ha podido comprobar en sus viajes y visitas a colecciones reales en otros países. Desecha estos pensamientos, lo que ahora le preocupa es plasmar con sus pinceles y sus colores el aire en esta habitación, en la que ha reunido a todos estos personajes. Ni siquiera puede imaginar que todos ellos van a ser famosos en los siglos venideros, incluyéndose a si mismo, por causa de su habilidad, de su arte, en esta obra pictórica.

“Las Meninas”, varios siglos después.  (Diego de Silva y Velázquez, 1656) “No hay cuadro alguno que nos haga olvidar este” (Carl Justi)

“Las Meninas”, varios siglos después. (Diego de Silva y Velázquez, 1656) “No hay cuadro alguno que nos haga olvidar este” (Carl Justi)

Debo apresurarme, no puede ser que un simple mentor palaciego llegue tarde a una sesión de pose con la Infanta, podría caer en desgracia, es tan fácil…. Un guardadamas, eso es lo que soy y lo máximo que llegaré a ser. Esta es una ocasión magnífica para hacerse de notar, sabe que su ayudante, Doña Marcela, ha convencido al pintor para que lo incluya en ese cuadro, a pesar de ser un ‘don nadie’. Un cuadro que aún no está pintado y ya todo el palacio habla excelencias de él, por sus dibujos preparatorios. Tendría gracia que mi nombre se perpetuara por los tiempos venideros en la Colección Real. Cuando entra en la estancia, ya todo el mundo está allí, hasta los Reyes. Oye un ruido a su espalda, al fondo enmarcado en la puerta, ve a Nieto el primo del pintor. Todo ‘quisque’ quiere algo, o mostrarse y figurar. Tal es el ‘entrar’ en un cuadro del sevillano Velázquez, Más me valdrá quedarme aquí en la obscuridad, junto a la dueña. Que honor! Que honor!

(El guardadamas en la sombra es el único personaje de “Las Meninas” del cual se ignora la identidad. Un eterno desconocido al que todos conocemos y nos hubiera gustado suplantar)

Luisma, Maypearl (TX)   11 de Mayo del 2015

 

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Arte es arte

Mis chicas en mi Prado. Las echo de menos

Mis chicas en mi Prado. Las echo de menos.

No hace mucho tiempo estuve en la Phillips Collection, en Washington D.C. Un pequeño museo de arte que contiene algunos de mis cuadros admirados de siempre. De esta ciudad, una de mis favoritas de todo el mundo que conozco, tengo que escribir mas largo y sobre todo mas tendido.

No es de ahora, es de siempre. Es algo habitual en mi. Cuando veo buena pintura me dan ganas de pintar, generalmente después de visitas a los grandes museos y nunca viendo reproducciones, por exactas que estas sean. Así mismo, cuando leo cosas buenas me dan ganas de escribir, supongo que en ambos casos es la emoción de la obra bien hecha o la captura de ese intangible llamado: arte. Me gusta pillar arte donde quiera que lo encuentro, a salto de mata, para ello voy siempre escopeta en mano y ojo avizor. Últimamente me cuesta bastante trabajo encontrarlo a buen precio, quien sabe porqué? Seguramente la culpa es mía por relajarme en la búsqueda.

Que cosas pasan! Encontré arte para apreciar, hace unos días, revisando algunos partidos de fútbol de mi Real Madrid; de la pasada temporada, de la 31 victoriosa. Los tengo grabados de un canal futbolístico de la “tele” americana llamado Gol TV, en el cual los disfruto pese a los descocados y a veces estúpidos comentarios de sus locutores. Los pobres basan sus comentarios en extracciones, mal que bien entendidas, de la lectura del AS y el MARCA. El cielo nos valga! Ninguno de estos dos periódicos deportivos tienen cabida en cualquier acepción de arte. Una vez de ciento al viento hay algo semejante a lo artístico en sus contenidos. El arte al que me refería era la calidad del juego del capullo de Guti. Que artista!

Arte en una televisión, en un partido de fútbol? El arte se encuentra y se degusta en cualquier circunstancia propicia. Digo esto, a propósito de que acabo de salir del baño, de la bañera, uno de los muchos sitios en los que leo. Estaba con un libro de Javier Marías, leerle y releerle es casi un placer diario. Sus relatos cortos o sus artículos de periódico, por viejos que sean. Sus novelas son ya otra cosa, la mayoría las he leído una vez y basta, de momento. Comparto con él un madridismo beligerante, aunque no furioso ni cerril, como el de otros. Eso si, leyéndole, siempre tengo la impresión de leer arte y siento lo mismo que ante una buena música o un buen cuadro. También siento envidia cochina, aunque sana.

Siempre estoy tratando de escribir mejor y usando el mejor cebo para pescar, la lectura. Leer mas. Leer mucho y de todo. Si es bueno, dos veces mayor placer.

Luisma, Maypearl (TX)   27 de Abril del 2015

[Originally posted in August 2008 on Dust, Sweat and Iron]

 

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El Tío de las Gafas Verdes

Fachada principal del Museo de Arte de Cleveland.—Quieren que sepas que está abierto

Fachada principal del Museo de Arte de Cleveland.—Quieren que sepas que está abierto

Para celebrar un cumpleaños, lo óptimo es visitar un museo de arte y si es la primera vez que lo ves, mucho mejor. Es una de mis manías, otra es trabar “conocimiento” con alguna de las obras exhibidas y “adoptarlas” como amigas y, por lo tanto, visitarlas siempre que la ocasión se tercie. Esto fue lo que hice unos días atrás visitando el Museo de Arte de Cleveland, en Ohio.

Un museo grande, aunque no grandioso; es uno más de esos típicos museos de las ciudades americanas de cierta importancia, con sus colecciones pequeñas, escasas de obra y limitadas de interés, salvo casos excepcionales. No todo el mundo puede tener el lujo de una colección con la enormidad y la magnificencia del Museo del Prado. Estamos muy mal acostumbrados, nosotros, los españoles. En América y en muchos casos, colecciones privadas abiertas al público son mejores y más completas que las de los museos “oficiales”, patrocinados solo en parte por dinero estatal.

El Museo de Arte de Cleveland dispone de un edificio insignia, “clásico”(1916), con su frontón, sus columnas y su estanque a la entrada, incluso con gansos para no ser menos que el Capitolio Romano. Fastuoso exterior para una colección mediana. Se le han venido añadiendo edificios que rodean el palacio primero, más o menos acertadamente. Si bien, el más destacable edificio del campus no pertece al museo, está solo a un tiro de piedra de esta fastuosidad y emerge por encima de todos, con su aspecto de casco romano. Es el “Peter B. Lewis” de Frank Gehry, la Escuela de Negocios y Dirección de Empresa de la Universidad. A esta maravilla fotogénica hay que echarle de comer aparte, tanto como al Guggemheim de Bilbao.

Después de caminar desde el aparcamiento, con la solanera que pegaba de plano en las cabezas, agradecimos entrar en el museo clásico, el de arte, con sus espesos muros y su aire acondicionado. Su colección permanente, como digo, no es muy extensa, ni tampoco muy selecta, aunque tiene algunas piezas interesantes de pintura y escultura. El resto, incluido un pequeño repertorio de armaduras y armatostes medievales, que parecen desplazadas en un museo americano, son cosas de no mucho valor y poca sensación.

Demasiadas copias, o simples atribuciones. Vemos un Picasso “azul”, no de lo mejor. Un Turner ardiendo en llamas, demasiado fuego. Un Monet enorme, de tamaño, canto a la admiración del americano medio por el Impresionismo. Para ellos la pintura empieza, y termina, en este movimiento. Un lamentable “Cupido y Psyche” de David, compensado por un “Aviador” de Fernand Leger, magnífico. Un Matisse poco lucido y la conciencia de la nula o poca presencia de la mejor pintura americana. Y así sala tras sala.

Al salir de la sala Rodin, una jaula de cristal, todavía deslumbrado por la luz natural y los volùmenes rodinianos; estaba tratando de acomodar mis ojos a la intensidad de la luz artificial, cuando reparé en un retrato solitario y sorprendente, no por su calidad ( muy del montón) sino por el aspecto vampírico del retratado, y más que nada por las extrañas gafas con cristales verdes y diseño “avanzado”, incluso para los tiempos que corren. Había unas cuantas personas frente al cuadro, al parecer no era yo el único interesado en el tipo y sus alucinantes gafas.

Retrato de Nathaniel Olds por Jepta Wade (1837). Foto : Luis Jimenez-Ridruejo.

Retrato de Nathaniel Olds por Jepta Wade (1837). Foto : Luis Jimenez-Ridruejo.

El personaje en cuestión fue: Nathaniel Olds (1837, la fecha del cuadro), uno de aquellos “robber barons” (vampiros de la riqueza), no tan importante como Carnegie, que contribuyeron a la “creación” de la economía de este pais. El pintor fue Jepta Wade, un desconocido del que descubrí una mayor aportación: fundador de la Western Union Telegraph Co. (!?) Evidentemente en aquel momento de esta nación, con todo por hacer, hasta el más tonto hacía relojes o trataba de hacerse rico con tantas oportunidades.

El retrato de Mr. Olds tiene esas gafas verdes y “supermodernas”. Unas gafas especiales, diseñadas para proteger los ojos de la brillantez e intensidad de la luz de las lámparas de Argand. Estas usaban como combustible el aceite de ballena (!), muy caro y que pronto cayó en desuso en favor del keroseno, mucho más barato. A quién se le ocurre hacerse el retrato con las dichosas gafas!? De cualquier manera, ya tengo un nuevo “amigo” al que visitar en un nuevo museo: El Tío de las Gafas Verdes, en Cleveland. No son las “Señoritas de Avignon”, pero el tío tiene un punto.

Luisma, 25 de Abril del 2012

[Originally posted at Dust, Sweat and Iron]

“Instar”

Pintando Instar # 3 en el estudio (foto: Luis Jimenez-Ridruejo)

Pintando Instar #3 en el estudio (foto: Luis Jimenez-Ridruejo)

He pasado un período largo, quizá demasiado (por circunstancias de la vida) pintando la serie “Uninhabited garden”, los jardines deshabitados. Conforme iba pasando este nuevo tiempo en Texas, la mente y la pintura me iban pidiendo algo diferente; si bien no puede serlo mucho porque a estas alturas de mi vida, mi estro tiene lo que tiene y da para lo que da. No busquemos muchas complicaciones si no es para mejor.

Me gustaba lo que estaba haciendo, pero después de una década era ya tiempo de crecer, pictóricamente hablando, de quemar otra etapa en busca de quién sabe qué…Y en esto, la pradera, la vegetación y sus pequeños animales invertebrados asaltaron mi imaginación y algunas ideas empezaron a crecer a empujones. Habida cuenta de lo que estaba pasando, un reencuentro con la naturaleza, brotaban las imágenes de metamorfosis, los “instar” que son las fases entre dos períodos de muda, desarrollo y crecimiento, en los “otros” animales.

Luis Jimenez-Ridruejo, Instar #1, acrylic on canvas, 34

Luis Jimenez-Ridruejo, Instar #1, acrylic on canvas, 34″ x 36″

El arte es también invertebrado, o así me da por verlo. Un esqueleto  de imaginación en sucesivas fases de apariencia. Momentos del crecimiento post-embriónico de una idea. Algo similar a la primera noción pero que ya no es igual a si mismo, y pasado el tiempo y la “muda” ya nunca lo será. Todo podrá caber, ancho es el mundo de la representación. Aunque el parecido estará ahí, se abrirá una nueva forma de la imagen, una contrapartida y un equivalente.

Un movimiento, el medio camino de un paso adelante. El lienzo en blanco como punto A y el cuadro terminado, o dado por, como punto B. El “Instar” sería el estadio entre los dos puntos, la transición de idea a realización y el resultado de ello: el reflejo de una metamorfosis, la del propósito artístico y lo que ocurre durante cada lapso del hecho. Todo ese recorrido en una obra singular y en varias seriadas, sin que el orden signifique nada más que un número, un título, una forma de identificación.

Luis Jimenez-Ridruejo,

Luis Jimenez-Ridruejo, “Instar #2″, acrylic on canvas, 34″ x 36”

“Instar” es, también, un retrato, una imagen (del Latín, imago) que se usa para definir la fase entre dos períodos de muda en los invertebrados. La similitud, la semejanza, el parecido. Extraña insistencia cuando cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. En términos de abstracción mejor sería llamarlo: simulacro. Al menos garantiza un sonido inusual. En resumen: con el título de “instar” evoco mi propio período de transición pictórica, la muda a un esqueleto imaginativo mas quitinoso, quizá más asentado en la dureza de la convicción.

Esto es lo que estoy haciendo hoy en pintura: un paso adelante, o así lo quiero ver, hacia un estadio desconocido, pero en desarrollo virtual, de la imagen y la forma. Después de haber transitado por las veredas de unos “jardines deshabitados”, que no doy por agotados, “Instar” es lo que me ocupa y me interesa, aquí y ahora.

Luisma, Maypearl (TX)  1 de Junio del 2014